FRAGMENTO_0008 · CUENTO
Cantando antes de la lluvia
Durante diez años me dijo que yo era único. Que era el hogar al que sabía siempre podía volver. Que iba a estar conmigo siempre. Yo era bueno porque mi mamá me había criado con amor. Su mamá, en cambio, siempre le traía rencor, envidia, malos pensamientos. Una vez le aconsejó que pensara qué iba a hacer si mi enfermedad avanzaba.
No hubo repartija. Ella se quedó con las nenas, la casa y todo lo que contenía, excepto mi ropa, que esperaba en bolsas negras a que yo me las llevara.
Esa tarde me tocó cuidarlas. Cuando el cielo se puso negro, me pidió que las llevara a su casa.
Hicimos las siete cuadras cantando canciones de cuando vivíamos todos juntos. Luis Miguel, Manzanero, para los que saben. La letra la cambiaba yo por pedos y mocos, y las niñas reían y se agitaban, una arriba del cochecito, la otra saltando charcos a mi lado.
Las gotas empezaron a mojarnos y nuestros pasos se hicieron cada vez más largos. Si no nos apurábamos, nos iba a caer el diluvio encima. Pensé: si llegamos, va a ser con lo justo. No va a quedar otra que dejarme pasar a la casa.
Los ojos se me humedecieron y el aire en el pecho se fragmentó. Pensé también: no llores. Por favor, cualquier cosa menos llorar otra vez.
Mientras tanto, seguía cantando con mis hijas historias de traseros y vientos humanos, con tonadas románticas.
A media cuadra les dije:
—Miren quién viene ahí.
Y señalé a su mamá, que venía corriendo. Ella sonreía, así que yo también sonreí.
Abrazó a sus crías y preguntó cómo se habían portado, si habían comido, mientras llegábamos a la puerta. Las gotas caían cada vez con menor intervalo.
—Bien, bien. Pero comieron poco —contesté, mientras entraba el cochecito.
—¿Te llevás una bolsa? —me dijo, señalando el bulto negro apostado al lado de la puerta—. Tiene las botas y el piloto, por si te los querés poner ahora.
La miré con una sonrisa. Las gotas empezaron a caer más pesadas.
—Los llevo en la mano, mejor.
Rumbo a mi casa me di cuenta de que la bolsa pesaba demasiado, y que quizás valiera la pena dejarla en un contenedor de basura. Mientras miraba el interior, descartando que hubiera algo que valiera la pena llevarme a casa, el Jeep rojo de mi exsuegra se detuvo a mi lado.
—Subí, que te llevo.
Miré la bolsa durante un segundo. Le hice caso.
—Gracias, señora. Realmente está pesada la bolsa para llevarla a hombros.
—Sí, me di cuenta. No iba a dejarte cargarla solo, con esta lluvia.
Autor: Gastón Spratt
12/09/2026